Tengo el revoltijo que siempre produce la vuelta de vacaciones; por un lado el revoltijo físico: de ropas, bolsas, maleta, ropa sucia, recuerdos comprados en mercadillos, piedras de esas que encuentro que me llaman a gritos, bolsas de especias, bolsas de hierbas de tés e infusiones, regalillos...más bolsas ... y el revoltijo mental. Ese es más caótico aún. Y eso que el primero tiene el salón y la habitación de mi casa en plan "¿te estás mudando?".
Entre lavadora y lavadora hago recuento de imágenes y emociones, sabores y colores, olores nuevos de calles y comidas, de pasos y tierras, arenas y aguas, de gente y sus miradas. He hecho fotos, muchas fotos robadas. Me traigo muchas miradas, algunas me duelen. La pobreza siempre es más femenina.
La mujer es tan invisible que pierde su cara, su gesto en la esfera pública.
Niños y niñas de seis o siete años juegan con armas de plástico, revólveres y metralletas en la calle, comparten juegos y dulces, gafas fosforitas, coronas doradas y pistolas. Después de esa edad ya no hay niñas en las aceras , yo no las veo.
Sí veo un bebé cercano al año, en sus primeros pasos, cómo se tambalea sonriente entre sus padres jóvenes y amorosos, él en bañador y ella cubierta por un niqab, y cómo solloza entre pucheros por intentar fallidamente quitar el velo de su cara y poder tocarla. La madre no se descubre porque hay hombres adultos cerca; estos hombres son mis amigos, con los que viajo. Ellos se sienten tan extrañados, ajenos a las consecuencias de su proximidad como yo. Delante de mí , que soy mujer, sí se descubre y posa feliz con su marido y su primer hijo, cuando les ofrezco tomar un retrato de familia .
Cuando las emociones brotan desde la mirada... a veces , no sabes dónde dirigirla, si a tus luchas personales o a la belleza que siempre inunda todo.