Estoy viviendo "El día de la marmota", esa pelicula en la que el protagonista vivía una y otra vez el mismo día. Así me siento por momentos... pero de repente vuelvo al ahora. Me recuerda tanto su fragilidad, la parafernalia médica, gomas, sueros, vías, gasas, olores a desinfectantes que es inmediato el recuerdo. Pero me obligo a diferenciar, ni es ella, ni yo soy la misma, la verdad.
Mi tía-abuela, mi madrina se muere, a poquitos pero se muere. Se muere de vieja, así como suena, la carcasa ya no da más de sí, pero su ánimo la sostiene viva un día más, cada día uno más. Es el último de mis referentes femeninos , tiene 100 años cumplidos, los ojos azules, fallos multiorgánicos, infecciones varias, úlceras, sordera,carácter indomable y miedo a morir. Todo ello sin ningún deterioro cognitivo.
Me di cuenta de que debía empezar a despedirme cuando ya no quiso los caramelos de violeta que devoraba desde que tengo memoria; y esto es lo que llevo haciendo desde entonces, dejarla marchar, también a ella. Otro duelo más.
Se enfada, farfulla, se asusta cada vez que se le acerca alguien con bata blanca o azul... o verde. Nos dice que la estamos matando, que están investigando con ella... se defiende del dolor y del miedo como puede desde la más absoluta indefensión real. No tiene fuerzas más que para respirar, tragar y apenas hablar. Pero su mirada frente a la cual se cuadrarían ejércitos es la misma, poderosa.
Mi hermano Platero- tierno, bruto,suave- la ha empapuzado de colonia, de esa marca con nombre de bebé asturiano, y me deja una nota " Está imposible hoy. Suerte". Ella pide que le eche crema hidratante, eso le gusta, se siente viva al notar el cuerpo, pues al menos éste sigue ahí. Corto las uñas de las manos destrenzando los dedos retorcidos por la artrosis, eso no le gusta y gruñe. Me regaña y se niega a chupar de la pajita del zumo de melocotón... ni del de piña.... que le he llevado, ni siquiera agua. Pesa tan poco que podría levantarla en brazos sin esfuerzo.
Tiene una pequeña hemorragia vaginal, -no sabemos de qué -me dicen los médicos; me niego a que comiencen un protocolo de ginecología, ni más pruebas , ni más daño innecesario, Les pido analgesia y dignidad. Están de acuerdo.
-Tengo gana,chica... -me susurra- y yo como a una niña a la que sorprendes con un pase de magia le pongo delante una pequeña rosquilla . Ella la observa con curiosidad, investigando si lleva camuflada alguna medicina amarga y abre la boca... y voy trocito a trocito metiéndole en la boca, como a un pajarillo las miguitas que ella da vueltas y paladea. Cuarenta y cinco minutos después casi la ha acabado totalmente fatigada y admite beber algo. Y va atardeciendo. Grita de dolor y pido un calmante, aunque no le toque la hora. Se aletarga, yo leo.

Inclino hacia abajo el cabecero de la cama y se sobresalta , pero se espabila. Ha entrado un moscardón , ( no sé cómo, pues estamos en la habitación de aislamiento ) lo sigue con la vista con gesto de irritación; mientras rebota contra el cristal, me pide que lo mate. Yo que normalmente hubiera abierto la ventana para que saliera lo mato de tres testarazos , porque la ventana del hospital se abre con una manivela que hay que pedir en el puesto de enfermería, y porque hubiera matado a un dragón por complacerla . Ella desde su cama, yo desde el sillón a su lado, miramos por la ventana,cada una en sus pensamientos... ¡qué hermosura de cielo! murmura. Y tiene razón.